octubre 3, 2021

Cómo Estados Unidos luchó para convertirse en un imperio (y luego trató de ocultarlo)

El 25 de octubre de 2018, una tormenta de categoría 5 azotó a Estados Unidos.

Con vientos máximos sostenidos de 241,4 kilómetros por hora, fue la tormenta más poderosa en cualquier lugar de la tierra ese año, y la más poderosa en la historia de EE.UU. desde 1935.

Rompió los techos de las casas y dañó gravemente la red eléctrica.

A pesar del daño, la supertormenta apenas fue noticia. Recibió menos del 1% de la cobertura televisiva que se le dedicó al huracán Florence, una tormenta que había azotado a Carolina del Norte a principios de ese año.

Fue, según escribió Anita Hofschneider, de la Columbia Journalism Review, “el supertifón que los medios estadounidenses olvidaron”.

Esa tormenta atrajo poca atención debido al lugar donde golpeó. El tifón Yutu arrasó Saipan y Tinian en las Islas Marianas del Norte, al oeste del océano Pacífico.

Estas islas son parte de EE.UU., y las personas nacidas allí son ciudadanos estadounidenses. Pero pocos en el país parecen saberlo.

“Me temo que la mayoría de los estadounidenses no saben que tenemos territorio de ultramar”, comenta Phil Klotzbach, un experto en huracanes de la Universidad Estatal de Colorado.

El clima, como la guerra, tiene una forma de enseñar lecciones de geografía. De hecho, EE.UU. tiene varios de territorios de ultramar, incluyendo Puerto Rico, Guam y Samoa estadounidense. Y ha tenido más en el pasado.

En vísperas de su entrada en la Segunda Guerra Mundial, el imperio estadounidense (el cual incluía Filipinas así como los territorios de Hawái y Alaska, casi dos décadas antes de que estos dos últimos se convirtiesen en estados en 1959) contaba con unos 19 millones de colonos.

En ese entonces, si vivías en EE.UU. (el país completo, no solo en la parte continental de Norteamérica), era más probable que fueses un colono que inmigrante.

De hecho, había más colonos que afroamericanos.

Los historiadores de hoy están lidiando con estos hechos. Cada vez con más frecuencia cuentan la historia de EE.UU. como la de un imperio.

La expansión de un imperio

Esa historia comienza desde el primer día de la nación. “El nombre de esta Confederación será Estados Unidos de América”, según el borrador de Artículos de la Confederación de 1776 preparado por John Dickinson, capturando la embriagadora ola de posibilidades políticas de esos primeros días.

El país sería una unión más que un imperio, compuesto por estados más que una patria y colonias.

Excepto que el nombre no era exacto. Cuando Reino Unido ratificó el Tratado de París en 1784, que otorgó soberanía al país, no era una unión de estados. El gobierno había tomado las tierras más occidentales de estados como Virginia y Massachusetts y las había puesto bajo supervisión federal.

Por lo tanto, EE.UU. era una colección de estados y territorios, y así ha sido desde entonces.

Durante las primeras siete décadas más o menos de la historia de EE.UU., esos territorios colindaban con los estados y se esperaba que se unieran a ellos.

Pero solo tres años después de completar su anexión occidental final en 1854 (obteniendo una porción de México conocida como la Compra de Gadsden), EE.UU. se embarcó en una nueva fase de expansión en el extranjero.

Empezó reclamando docenas de islas deshabitadas en el Caribe y el Pacífico, fuentes de guano, un fertilizante esencial para granjas resecas con nitrógeno.

Tras un trato con Rusia incorporó a Alaska. Una guerra fundamental con España en 1898 trajo a Filipinas, Puerto Rico y Guam al país. Y las tierras no españolas de Hawái y Samoa fueron anexadas aproximadamente al mismo tiempo.

Para 1900, los territorios de ultramar abarcaban un área tan grande como todo EE.UU en su fundación, y tenía una población de más del doble de la que vivía en el territorio original.

El uso de la palabra “América”

Impresionados por la expansión del país en el extranjero, los cartógrafos ofrecieron nuevos mapas mostrando a Filipinas, Puerto Rico y otros territorios junto a los estados.

Los escritores, convencidos de que el imperio de ultramar marcaba una nueva era, reconsideraron el nombre del país.

Técnicamente, su nombre era aquel que Dickinson le había dado (“Estados Unidos de América”), pero en el siglo XIX se le había llamado más comúnmente “Estados Unidos”, “La Unión” o “La República” para abreviar.

Sin embargo, después de la gran fiebre por la tierra imperial, estos nombres ya no encajaban tan bien. Fuera lo que fuera el país, no era una unión, no era república y no se limitaba a los estados.

Se propusieron varios nombres: “América Imperial”, la “Gran República” y, una frase que apareció en el título de siete libros publicados en la década posterior 1898, la “Gran América”.

La insatisfacción con “Estados Unidos de América” llevó a un cambio verbal más duradero.

Antes de 1898, aunque su gente se llamase “estadounidense”, era inusual llamar al país “Estados Unidos de América”. Uno podía viajar más de 8.000 kilómetros y leer 100 periódicos antes de encontrar ese nombre, según observó un escritor británico.

“Estados Unidos de América” no apareció en ninguna de las canciones patrióticas (como “Yankee doodle”“The battle hymn of the republic”“Hail, Columbia”“The starts and stripes forever”“The star-spangled banner”).

Una búsqueda de discursos de presidentes desde la fundación hasta 1898 arroja solo 11 referencias inequívocas al país como “Estados Unidos de América”, aproximadamente una por década.

Sin embargo, después de 1898, las cosas cambiaron rápidamente.

Theodore Roosevelt, el primer presidente que asumió la presidencia después de la guerra contra España, usó la palabra “América”, en su primer mensaje anual y luego con frecuencia a partir de entonces.

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