marzo 23, 2021

Conoce el hábito como parte de la conducta del perro

El hábito de los machos de levantar la pata orinando y lanzando un chorrito de pis a cuanto árbol o estructura vertical se aparezca es la manera de marcar su territorio, de “contarles” a otros perros que él pasó por allí.

Es bueno entender que cuando un perro orina por necesidad fisiológica de evacuación, la altura a la que levanta la pata es menor y los chorros son más prolongados que cuando lo hace para marcar territorio.

En esta última situación la pata se eleva lo más alta posible para aparentar el mayor tamaño frente al que huela la marca. En ese caso los chorros son cortos.

También es un resabio del pasado cuando un perro entierra un hueso. Lo hace rememorando el espíritu conservador de sus ancestros, que cazaban grandes presas y guardaban lo que no consumían en lugares seguros y ubicables.

Los perros de hoy hacen pozos en la tierra, como si se tratara traer a nuestros días un freezer ancestral.

Muchos canes tienen el hábito de escarbar vigorosamente el césped con las patas delanteras o traseras después de haber defecado. Esto no es solo para cubrir los excrementos, sino para “reforzar” el mensaje de la marca del territorio.

La secreción sudorípara de patas y manos agrega “palabras” al mensaje del olor propio y particular de su excremento.

La comida

Aunque para nosotros se trate de un acto necesario, casi reflejo e inevitable, para el perro es mucho más que eso y debe ser así.

Pensemos que nuestro perro “sublimó” el acto de la cacería con el juego y que la comida aparece mágicamente de la mano del amo, del líder.

La comida debería ser el premio de la cacería en la manada, la recompensa lógica al trabajo bien hecho siempre bajo la tutela del líder.

Por eso es este un momento muy importante en la relación con nuestros perros.

En una manada de lobos en libertad, el líder decide cuándo y en qué orden se come.

En casa, y con nuestro perro, nosotros decidimos y actuamos en consecuencia con esa premisa.

No olvidemos que el perro no es más que un lobo “disfrazado”, con careta de la raza o el mestizaje que le corresponde y que baila el baile de carnaval que le cuadra a esa circunstancia.

El perro debe estar tranquilo mientras preparamos su comida y cuando va a comer. Para lograrlo, es bueno poner el plato en el suelo y hacerlo sentar dándole la orden para que coma.

De esta forma, se reafirma la jerarquía que el perro conoce o debería conocer en la “manada familiar”. Nosotros gestionamos y administramos la comida. Eso debe quedar claro.

Si controlamos este momento habremos ganado mucho en otros aspectos de la relación. Cuando empieza a comer lo dejamos solo sin observarlo para no generarle ansiedad.

A los 20 minutos, como máximo, haya comido o no retiramos el comedero. Por otra parte debemos ser constantes y rutinarios, respetando y repitiendo los horarios lo más fielmente posible.

El juego y la cacería

La estrecha relación entre el juego, el ritual, la realidad y el sustento diario queda claramente explicada en algunos hechos cotidianos de nuestra relación con los perros.

A muchos perros les encanta jugar con botellas de gaseosa que aplastan y hacen crujir sin cesar. Si se las arrojamos y las movemos, mejor; pero, si no lo hacemos, el simple crujido ya marca un placer único que no se repite con casi ningún otro elemento.

Esto tiene que ver con la memoria ancestral de cazar presas a las que al matarlas y comerlas les crujían los huesos. El cerebro primitivo actúa y elabora placenteramente el sustituto, el símbolo y el ritual que refiere a los orígenes felices.

Lo mismo ocurre con las almohadas y con las bolsas de residuos domiciliarios. Las almohadas y las bolsas tienen contenido y remiten al despanzado: la acción primitiva que continuaba inmediatamente a la caza.

Tanto mejor si, como en el caso de las bolsas de residuos, encima contiene comida real como recompensa. Eso más la acerca al ritual de la cacería.

Rito, rutina y hábito

Un rito puede existir marcado por las conductas innatas o ser adquirido con tiempo y el aprendizaje. La ventaja de un ritual es la economía del gasto.

El no pensar cómo resolver acciones parecidas cada vez que se presentan y tener un esquema armado es lo que motiva al rito.

Si sabemos que haciendo determinada cosa o cumpliendo determinados pasos el resultado será satisfactorio, lo haremos de esa manera.

Cuando un perro aprende un cierto número de pasos para lograr un resultado tiende a repetirlo hasta generar un nuevo ritual.

La repetición en el tiempo de esa secuencia se transformará en una rutina, necesaria para lograr el resultado.

Las sucesivas reiteraciones lo llevarán a constituir un hábito que se grabará mecánicamente en el cerebro permitiendo repetir la acción casi sin pensar en sus pasos.

Algo muy importante para nuestra comprensión de los mecanismos de construcción cognitiva nuestro mejor amigo es que el perro necesita hacerlo así.

Es por todo esto que decimos que los perros son: rituales, rutinarios y habituales y que comprender esto nos acerca mucho aprender el idioma de nuestros compañeros de ruta.

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