El virtuoso neoyorquino, pionero de la improvisación y colaborador de mitos como Miles Davis y John Coltrane, falleció en su residencia de Woodstock.
El mundo de la música está de luto. Sonny Rollins, uno de los saxofonistas más formidables, influyentes y respetados de la historia del jazz, falleció este lunes por la tarde a los 95 años en su casa de Woodstock, Nueva York. La noticia fue confirmada a través de un comunicado de su publicista, quien definió al músico como «una de las figuras más respetadas e influyentes de la música estadounidense». Por el momento, no se ha revelado la causa del deceso.
Acompañando el anuncio de su partida, su entorno recuperó una profunda reflexión espiritual que el propio Rollins compartió en 2009:
«Creo que cuando la persona creativa termina, continúa en la siguiente existencia. Soy una persona que cree que esta vida no lo es todo. Una persona espiritual no piensa así».
El nacimiento de un titán
Nacido en Nueva York en 1930 bajo el nombre de Walter Theodore Rollins, fue su abuela quien le otorgó el cariñoso apodo de «Sonny». Su idilio con la música comenzó a una edad muy temprana. «Mi madre me regaló mi primer saxofón, un saxofón alto, cuando tenía siete años», recordaría décadas después en una entrevista con Jazz Times.
Teniendo al legendario pianista Thelonious Monk como mentor, el joven Rollins demostró rápidamente un talento descomunal. A finales de la década de 1940 inició una prolífica carrera que lo llevaría a tocar con la realeza del jazz: Art Blakey, Bud Powell, Miles Davis, Charlie Parker y John Coltrane.
En 1956, firmó el que se convertiría en su sexto álbum de estudio y su obra cumbre: Saxophone Colossus, un título que no solo definió el disco, sino que se convirtió en su identidad para el resto de sus días.
El puente de Williamsburg y el 11 de Septiembre
A principios de los años 60, abrumado por una fama que no dejaba de crecer, Rollins decidió apartarse temporalmente de los escenarios. Buscando un lugar donde tocar sin molestar a nadie, comenzó a practicar durante horas, día tras día, en el puente de Williamsburg en Nueva York. De esa introspección nació otro de sus álbumes más célebres, The Bridge (1962). Actualmente, existe una intensa campaña popular para que el icónico puente neoyorquino sea rebautizado en su honor.
Décadas más tarde, la vida de Rollins volvería a quedar marcada por la geografía de su ciudad. El 11 de septiembre de 2001, el músico se encontraba en su apartamento, a tan solo seis manzanas del World Trade Center. Tras el atentado terrorista, él y su esposa se vieron obligados a huir hacia el norte del estado. Rollins abandonó su hogar llevando consigo una única pertenencia: su saxofón.
«Perdí muchas posesiones valiosas el 11 de septiembre y aprendí una lección: las posesiones no lo son todo», confesó tiempo después al diario The Guardian.
El maestro de la mente en blanco
A lo largo de su carrera, Rollins lanzó más de 60 álbumes como líder de banda y fue galardonado con dos premios Grammy. Su incalculable impacto cultural fue reconocido en 2010, cuando el presidente Barack Obama le otorgó la Medalla Nacional de las Artes, asegurando que la música de Rollins le había inspirado a «asumir riesgos que de otro modo no habría tomado».
Considerado uno de los mejores improvisadores de todos los tiempos y célebre por sus interminables y fluidos solos, Rollins reveló en una ocasión a la cadena PBS cuál era el secreto de su magia sobre el escenario: subía con la mente en blanco, sin más plan que conocer la estructura armónica de la pieza.
«Improvisar sobre ello, eso lo dejo completamente en manos de las fuerzas», explicó el maestro. «A veces me sorprende lo que surge».
Una enfermedad respiratoria lo obligó a retirarse definitivamente de los escenarios en 2014, pero su sonido —robusto, audaz, espiritual e imperecedero— se queda para siempre como un pilar fundamental de la historia de la música universal.

