mayo 9, 2021

Las formidables reinas que gobernaron Jerusalén

El 2 de octubre de 1187, Jerusalén -la Ciudad Santa ocupada por los cristianos durante cuatro generaciones y el premio de la Primera Cruzada- cayó en manos del sultán Saladino tras un breve asedio.

Los cristianos fueron superados en número diez a uno, pero la ciudad resistió el tiempo suficiente para que se negociaran términos favorables.

Jerusalén fue defendida por un trío improbable: el patriarca Heraclio, un funcionario religioso de alto rango; un noble llamado Balián de Ibelín, y Sibila, reina de Jerusalén, quien había sido coronada solo un año antes, luego de la muerte de sus parientes varones.

Entre ellos formaron una sólida defensa contra todo pronóstico.

Los almacenes de alimentos y el saneamiento dentro de la ciudad estaban sometidos a una gran presión, y casi no tenían caballeros entrenados ni hombres de armas: el ejército había sido destruido casi tres meses antes en la batalla de los Cuernos de Hattin, en la que el esposo de Sibila, Guy de Lusignan, había sido capturado.

Aunque los historiadores han cuestionado el papel de la reina Sibila en la estrategia y defensa de su ciudad, y muchos se muestran reacios a darle mucho crédito, el rol de las mujeres en el Oriente Latino está bien documentado.

El trío al mando

Es natural que Sibila, como monarca reinante, la figura de mayor estatus en la ciudad, hubiera asumido un papel de mando. Así…

  • Sibila tenía la autoridad para mandar,
  • Balián la experiencia militar para diseñar estrategias y
  • Heraclio controlaba los fondos de la ciudad.

Cuando los muros comenzaron a derrumbarse y no hubo esperanza de poder resistir, decidieron negociar los términos de la rendición.

Lo mejor que podían esperar era la supervivencia y la libertad de los cristianos dentro de la ciudad, y la seguridad personal de Sibila.

Al borde de la derrota, no estaban en una posición de negociación sólida.

A pesar de esto, Saladino aceptó la oferta de rendirse.

No tuvo mucha opción: cuando inicialmente se negó, Balián juró no solo luchar hasta la muerte, sino también destruir la Cúpula de la Roca, uno de los lugares más sagrados del Islam, si el sultán no ofrecía condiciones.

La libertad de Sibila estaba garantizada y los cristianos dentro de las murallas de la ciudad pudieron comprar su libertad.

A pesar de todo, Jerusalén ya no era suya y Sibila era una reina sin reino.

Estados Cruzados

  • Los cristianos habían ocupado Jerusalén durante 88 años.
  • El reino de Jerusalén se había forjado con la sangre y las cenizas de la Primera Cruzada.
  • Fue uno de los primeros cuatro Estados Cruzados fundados en el Levante mediterráneo, durante la Primera Cruzada.

  • El reino tenía varios señoríos vasallos, entre ellos el Principado de Galilea, el Condado de Jaffa y Ascalón y el Señorío de Transjordania.
  • Los Estados Cruzados fueron un conjunto de entidades políticas feudales que surgieron a finales del siglo XI en diversos territorios al oriente de Europa y el Mediterráneo a raíz de su ocupación por los europeos cristiano-católicos durante la época de las Cruzadas.
  • El reino de Jerusalén era uno de los Estados Latinos de Oriente, también conocidos desde el Medioevo con el término Outremer (del francés: outre-mer, o ultramarino).
  • Herencia poderosa

    La gobernante más importante de los Estados Cruzados fue la abuela de Sibila, la primera monarca mujer de Jerusalén y “una mujer de sabiduría inusual“.

    Su nombre era Melisenda, hija del rey Balduino II de Jerusalén y de la princesa armenia Morfia de Melitene. Como la mayor de cuatro hijas, fue nombrada heredera de su padre.

    En 1152, 35 años antes de que Sibila se enfrentara a Saladino, Melisenda también defendió la ciudad contra un ejército sitiador.

    El ataque fue implacable.

    los sitiados se les negó la oportunidad de descansar“, pero “resistieron con todas sus fuerzas y se esforzaron por repeler la fuerza con la fuerza… No dudaron en herir a sus enemigos y en infligir la misma destrucción sobre ellos“, escribió el historiador contemporáneo Guillermo de Tiro.

    Pero no fue el ejército de un sultán islámico lo que Melisenda de Jerusalén tuvo que repeler, sino el de su propio hijo, Balduino III de Jerusalén.

    La reina Melisenda, a los 47 años, tuvo que luchar por mantener a raya al hijo que quería expulsarla del trono que había ocupado durante más de 20 años. Así como Melisenda estaba decidida a no ceder el poder, Balduino estaba igualmente decidido a reclamarlo.

    Por impactante que haya sido esta escena, una madre cristiana y un hijo en guerra abierta por la ciudad más santa de la cristiandad, la verdadera sorpresa fue que hubiera tardado tanto en estallar el conflicto.

    El testamento de la discordia

    En su lecho de muerte, el padre de Melisenda había hecho una enmienda a su testamento que salvaguardaba su derecho hereditario a gobernar.

    En lugar de dejarle el control del reino de Jerusalén a Fulco, el esposo de Melisenda, como se esperaba, Balduino II creó un triunvirato de poder y lo dejó en partes iguales a su hija, yerno y nieto pequeño, ese mismo Balduino III que 20 años después asaltaría a su madre con “ballestas, arcos y lanzas“.

    Balduino II tomó su decisión en el lecho de muerte por varias razones políticas y dinásticas.

    Quería asegurarse de que su yerno, Fulco, no pudiera, como rey, inventar un pretexto para divorciarse de Melisenda y tomar otra esposa, eliminando así a Melisenda y Balduino III de la sucesión. El viejo rey quería que el trono permaneciera atado a su línea de sangre.

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