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Chiriquí produce barato… pero vende caro

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Por José Herrera B. Periodista, investigador y profesor josegladiador63@gmail.com

En la madrugada, cuando el mercado de Volcán apenas despierta y el frío baja de las montañas como un suspiro húmedo, don Eusebio acomoda tomates rojos, zanahorias brillantes y lechugas que todavía conservan el rocío de la tierra chiricana. El espectáculo parece una postal agrícola: abundancia, frescura y orgullo campesino. Pero basta preguntar el precio para que la poesía se estrelle contra la realidad. “Eso está igual que en Panamá”, murmura una señora con más resignación que sorpresa. Y ahí comienza el teatro nacional de la incongruencia. Durante años, los intermediarios han explicado los altos precios de frutas y legumbres en la capital con un libreto repetido: el combustible, la distancia, el transporte, la carga, el corredor, el peaje y hasta el cansancio del camión. Según esa lógica, el tomate viajaba desde Chiriquí hasta la ciudad convertido casi en turista VIP. Sin embargo, uno llega a Chiriquí —la tierra donde nacen esas cosechas— y descubre que el precio no perdió el equipaje en el camino. Sigue intacto. Gemelo. A veces más caro. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de qué sirvió culpar a la distancia si en el propio patio del productor la cebolla también parece artículo de lujo? La única diferencia real está en el sabor. En Chiriquí, las fresas saben a mañana fresca; el apio conserva aroma de tierra húmeda y los tomates todavía tienen dignidad de tomate. Hay una frescura noble que no viaja completa a otros rincones del país. Pero el precio sí llega entero, robusto y sin escalas. La ironía es amarga: en la provincia que alimenta buena parte de Panamá, comer saludable cuesta igual que lejos de ella. Como si la tierra fértil también tuviera que pagar peaje para alimentar a sus propios hijos.

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