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Documentos históricos escritos por Manuel Amador Guerrero

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Por: Jesús Picota Carrillo

Memorias sobre la Emancipación de Panamá que comenzó a escribir de su puño y letra el doctor Amador Guerrero, tal cual lo escribió, sin cambiar una sola letra.

En un día de julio de 1903 pasé en Panamá por la oficina del señor J. A. Arango en el edificio del P.R.R., contiguo a otro en que estaba la oficina en que yo despachaba como médico de esa empresa, y viéndolo sólo entré y le hablé sobre el probable fracaso del contrato Herrán-Hay para la apertura de un Canal al través del Istmo y manifesté al señor Arango que si esto pasaba sería una catástrofe para el Istmo; pues era lo probable que el gobierno americano se viera obligado por el Congreso a tomar la vía de Nicaragua. Por tanto -me dijo Arango- es el momento de obrar en el sentido de independizarnos y hacer el Contrato por nuestra propia cuenta.

Muy grato me fue ver que el señor Arango abundaba en las mismas ideas esta vez como otras muchas veces que habíamos hablado sobre el particular.

El señor Arango me manifestó que el Capt, Beers iba a partir para N.Y., con licencia y llevaba encargo de él para hablar con nuestros amigos de N.Y., sobre el particular y que sólo demoraría unas pocas semanas. Es cierto que dijo a Arango que él debería ser el primer presidente de la República, como lo asegura él en un escrito suyo con el mote de «Datos para la Historia de la Independencia del Istmo, proclamada el 3 de noviembre de 1903».

Pasamos varias semanas el señor Arango y yo hablando con frecuencia del consabido proyecto y a la llegada del Capt. Beers, si no recuerdo mal a mediados de agosto, tuvimos noticias de que nuestros amigos en Estados Unidos estaban listos a ayudarnos por cuya razón dije al Sr. Arango que debía ir a Estados Unidos una comisión a dar forma al proyecto y que debíamos saber a punto fijo con lo que contábamos; pues no debíamos entrar en una aventura.

Convenimos en que el Sr. don Rdo. Arias me acompañaría y la víspera de mi partida se presentaron al señor Arias tales inconvenientes que le fue imposible acompañarme.

Partí pues para E.U., en los últimos días de Agosto y el Sr. Arango quedó en ampliar el número de nuestros compañeros. Hicimos claves para comunicarnos y partí para E.U. Hasta esa fecha no sabía yo que tuvieran conocimiento del plan sino las personas siguientes: J.A. Arango, Ricardo Arias, M. Espinosa B., C.C. Arosemena, Federico Boyd, T. Arias y N. de Obarrio y entre los de mi familia: Mi esposa, mi hija Elmira, mi hijo Manuel y mi yerno G. Ehrman.
Llegué a N. Y., en los primeros días de Septiembre y con carta que tenía del Sr. Arango para el señor W. N. Cronwell fuí a verlo en unión del señor Drak, vicepresidente de la P. R.R Co.

Esta primera entrevista fue de lo más cordial y el Sr. Cromwell me hizo mil ofrecimientos en el sentido de ayudarnos; pero no se puede hacer nada – me dijo- sino cuando el tratado Herrán-Hay haya sido absolutamente negado porque creemos que al fin será aprobado, a pesar de la gran oposición de las Cámaras.

Vanos fueron mis esfuerzos por convencer al Sr. Cromwell que no debían abrigar esperanza alguna y quedamos citados para continuar tratando del asunto al siguiente día.

Después de las dos primeras conferencias satisfactorias con el Sr. Cromwell noté que se excusaba de tratar del asunto. A insistencia mía me recibió y le manifesté que veía con pena que él había cambiado de rumbo y que por consiguiente yo haría igual cosa. Me despedí de él y no tuve noticias suyas sino algunas semanas después del 3 de Noviembre en N.Y. Entiendo que atemorizado por amenazas del Ministerio de Colombia, tomó rumbo a Europa.

En un viaje que hice a Boston a ver un hijo que estaba de Médico en Fort River, escribí ayudado por éste una carta al Sr. Gudyer con quien me ligaban excelentes relaciones. El objeto era pedirle una carta de introducción para el Srio. Hay en que le dijera hasta dónde podía creerme en un asunto importante de que iba a hablarle. Vino la carta tan espléndida que yo mismo no habría podido decir más que lo que este buen amigo decía el Hon., Srio., pero éste entraba en vacaciones y preferí esperar a que viniera a Washington para hablarle sobre este asunto.

Pasaban los días en espera del término de las vacaciones de Mr. Hay, y encerrado con mi secreto en el Hotel Endicott participé al temer que se perdía un tiempo precioso y resolví acelerar las negociaciones.

Las vacaciones del Srio. Hay me parecían que duraban un siglo, cuando una noche el Sr. J. J. Lindo, de Piza Nephews & Co., que estaba al corriente de lo que pasaba me dijo: ¿Por qué no ve usted si Bunau Varilla puede hacer algo? Y dónde encontrarlo, le dije, en París? Nada de eso – me dijo- ha poco ha llegado y está en el Wardof Astoria. Para mí que conocía la energía de B.V. y su interés en llevar la empresa del Canal, me reanimó de tal modo que desde entonces auguré el más completo éxito en mi negociado.

El señor Lindo me dejó a las 10 p.m., en el Endicott y en seguida me fuí a ver a B.V. al Wardof Astoria. A las 11 p.m., este señor no estaba en el Hotel y le dejé mi tarjeta dándole cita para el siguiente día en su residencia.

Lo encontré en mi primera conferencia tan animado que le dí un memorándum de lo que en Panamá necesitábamos para proclamar y sostener nuestra independencia. El me citó para dos días después y me llamó a una conferencia haciéndome saber que aunque no había conseguido los recursos pecuniarios que yo deseaba; sí tenía recursos ofrecidos que aseguraban el éxito del asunto una vez que hubiéramos dado el golpe en Colón y Panamá. Quise aclarar y aclaré ciertos puntos dudosos y me persuadí que se trababa de limitar la independencia a Colón, Panamá y la zona necesaria para la empresa del Canal, a lo cual me negué enérgicamente.

Después de algunas conferencias y de unos tres días de conferencia todo quedó arreglado a mi satisfacción y lo avisé a mis amigos anunciándoles mi próximo viaje y dándoles la seguridad completa del triunfo de nuestro proyecto.

Listo todo para mi partida para Panamá, el 20 de octubre tuve una larga discusión con B.V. sobre cierta condición que él quería exigirme y concluyó con que no tocáramos el punto sino más tarde.

Llegué a Colón y a Panamá el 27 de octubre y mis amigos muy satisfechos me dieron cita para explicarles el plan. Verificada la cita cundió la desconfianza entre ellos, con raras excepciones, pues creían que yo les mostraría algún tratado secreto con un soberano y que nada nos quedaba que hacer sino fundar nuestra república.

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