mayo 30, 2021

“El teatro de las locas”: el oscuro experimento de los inicios de la psiquiatría en el hospital más grande de París

“Qué recuerdos tan dulces y melancólicos todavía tengo de esos días“, escribió Jeanne Beaudon en sus “Memorias” en 1933, refiriéndose a los 18 meses que pasó en el hospital La Salpêtrière de París.

Fue internada en 1882, a los 14 años, pues sufría de “baile de San Vito”, como se le decía a la corea de Sydenham, una enfermedad infecciosa del sistema nervioso, pero la mantuvieron ahí para protegerla de su abusiva madre.

Recuerdo los hermosos edificios, los macizos de flores ordenados, los techos suaves de La Salpêtrière y recuerdo cómo parecía que las magníficas puertas de hierro forjado me encerraban con algún pasado grandioso y glorioso.

Sólo que ese pasado no era precisamente grandioso ni glorioso.

La Salpêtrière, ubicado en el extremo sureste de la ciudad, había empezado siendo una fábrica de pólvora, pero en 1656 Luis XIV decidió “poner fin a la mendicidad y la ociosidad, como fuente de todo desorden” y convirtió el lugar en uno de los establecimientos que formaban parte del Hospital General de París.

Destinado a alojar a mujeres que la sociedad consideraba anormales —como señala Michael Foucault en su seminal “Historia de la locura en la época clásica”— La Salpêtrière no ofrecía tratamientos ni cuidados sino exclusión y recibía a las arrestadas en las redadas en las calles de la capital francesa que no eran elegidas para convertirse en las madres de la Nueva Francia en América.

En esa era del “Gran confinamiento”, La Salpêtrière era usado como prisión para prostitutas, criminales dementes, discapacitadas mentales y pobres.

Con el tiempo, las razones para internar a mujeres en el lugar se multiplicaron y miles de mendigas, hijas del adulterio, huérfanas, lisiadas, ciegas, epilépticas, alcohólicas, seniles, suicidas, idiotas, moribundas, ladronas, criminales, brujas, hechiceras, protestantes, judías, melancólicas, lesbianas, prostitutas, locas, libertinas, depravadas, erotomaníacas, gordas, malcriadas, bohemias y demás terminaron tras esas magníficas puertas de hierro forjado que más tarde recordaría Jeanne Beaudon.

Y luego llegó la Revolución, con una masacre, una liberación y un gran cambio.

Liberación

La Revolución francesa no ocurrió de un día para otro; fue un proceso que duró desde 1787 hasta 1799, en el que las prisiones tuvieron una y otra vez roles protagónicos, desde la famosa toma de la Bastilla hasta las Masacres de septiembre de 1792, cuando entre 1.110 y 1.400 reclusos en cárceles de París y otras ciudades fueron ejecutadas.

La Salpêtrière, que servía también como prisión, fue asaltada y más de 100 prostitutas fueron liberadas, pero 25 locas fueron sacadas de sus celdas y asesinadas en las calles.

Sin embargo fueron los principios de esa misma revolución de la que hizo parte ese sombrío episodio los que eventualmente inspirarían cambios para la población residente en el desafortunado lugar, de la mano de doctor Philippe Pinel quien, de cierta forma, extendió Los derechos del hombre a las reclusas.

Pinel mismo era producto de la Revolución francesa, un médico provincial pobre que logró ascender gracias a su talento.

Era un aliensita —médico especializado en desórdenes mentales— y parte de un movimiento de reforma que estaba también en marcha en Inglaterra, Francia y Estados Unidos para humanizar el trato de los pacientes.

Había trabajado primero en el hospital de Bicêtre, que albergaba a unos 4.000 presos, entre ellos unos 200 enfermos mentales, a los que se dedicó.

En 1794 se convirtió en jefe del servicio médico de La Salpêtrière y empezó a mejorar las instalaciones así como el tratamiento de las confinadas, incluyendo una nueva “terapia moral” desarrollada por él y sus contemporáneos en los asilos reformados, que se basaba en la idea de “liberar a la humanidad atrapada de los enfermos mentales”.

Entre tanto, afuera el público sentía tanta curiosidad que, como informó el diario Morning Post, “en 1799 estaba de moda” ir a ver a las reclusas.

Lo hacían para “estremecerse ante los dichos salvajes y la violencia de los infortunados seres encerrados en aquellos refugios de las peores enfermedades humanas”.

“Tan numerosos eran los que disfrutaban de este cruel pasatiempo que las autoridades municipales se vieron obligadas a intervenir” y ordenaron que se cerrara.

No obstante, tras las rejas, los cambios continuaban.

En 1.800 Pinel les quitó las cadenas que habían llevado en algunos casos por décadas las mujeres, un evento que conmemoraría 76 años después el pintor francés Tony Robert-Fleury en “Pinel liberando a las locas”.

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