De ladridos en Las Vegas a llenar estadios: la imparable ascensión de Muna
La historia del rock y el pop está plagada de comienzos desastrosos. AC/DC sufrió un corte de luz en su debut por «ruidosos», Sam Smith cantó sobre heno en un baile campestre y Robert Smith actuó tan ebrio que cantó una canción de David Bowie mientras su banda tocaba a Jimi Hendrix. Sin embargo, el trío angelino Muna podría superar a todos con una de las anécdotas más surrealistas de la industria musical.
Al inicio de su carrera, tras aterrizar de un vuelo desde Londres, su discográfica las envió de urgencia a Las Vegas para tocar en el Pet-A-Palooza, un festival de adopción de perros patrocinado por una radio local. ¿El resultado? Un desastre acústico.
«Estábamos enfermas y sin técnico de sonido. La guitarra empezó a acoplarse con un chillido infernal y los perros no paraban de aullar», recuerda entre risas la guitarrista Josette Maskin. «Fue vergonzoso, pero hoy es un recuerdo entrañable que comparto con mis mejores amigas».
El salto a la cima: del despido al éxito masivo
Aquel caos canino es hoy un lejano recuerdo. En la última década, Muna —formada por la vocalista Katie Gavin, la guitarrista Josette Maskin y la guitarrista y productora Naomi McPherson— se ha consolidado como una de las bandas en directo más fascinantes del panorama actual, combinando la actitud punk con el synth-pop ochentero.

Su talento no pasó desapercibido para gigantes de la industria como Taylor Swift y Harry Styles, quienes las reclutaron personalmente como teloneras en sus giras de estadios.
Sin embargo, el camino no estuvo exento de obstáculos:
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2020 (El revés): RCA Records rescindió su contrato debido a recortes por la pandemia.
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2021 (El rescate): La cantautora Phoebe Bridgers las fichó para su sello Saddest Factory.
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El pelotazo: Su colaboración con Bridgers en el sencillo Silk Chiffon las catapultó definitivamente a la fama global.
‘Dancing On The Wall’: Baile, catarsis y protesta
Lejos de quedarse en la etiqueta de «grupo pop queer desenfadado», la banda siempre ha impregnado sus canciones de una profunda carga política y social. Su himno I Know A Place, por ejemplo, fue una respuesta a la tragedia de la discoteca Pulse en 2016.
Con su cuarto álbum de estudio, Dancing On The Wall, Muna presenta su trabajo más oscuro y contundente hasta la fecha, diseñado para mover al oyente tanto física como políticamente.
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Sonido: Ritmos dance oscuros diseñados para combatir la parálisis y la impotencia.
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Punto de inflexión: El tema Big Stick, una feroz crítica al imperialismo, el conflicto en Gaza y la militarización policial escrita desde la perspectiva del poder absoluto.
«A veces la gente va a un concierto buscando evasión, pero hoy los horrores del mundo son omnipresentes. Necesitaba un espacio para expresar esa ira colectiva y liberar una emoción que a menudo la sociedad nos niega», explica la vocalista Katie Gavin.