El mito del cartón: La docencia superior y el STCW
Por Omar Wong Wood
Hace poco me enteré de que el Comité Electoral de la Universidad Marítima Internacional de Panamá (UMIP), en su informe a la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia, defendió la supuesta importancia de la maestría en educación superior de Víctor Luna Barahona, argumentando que el Convenio STCW rige la formación marítima a nivel mundial.
Sin embargo, esta afirmación no solo es errónea, sino que también revela una alarmante falta de comprensión sobre la verdadera naturaleza del convenio. Toda esta argumentación tiene la única intención de justificar la desacertada decisión de aceptar la candidatura del señor Luna Barahona, forzando su postulación como candidato a Rector de la Universidad Marítima Internacional de Panamá (UMIP), cuando la normativa, de manera tácita, establece que la maestría debe ser de la especialidad, como bien señaló el exprocurador Rigoberto González.
En el vasto océano de la burocracia educativa, donde los títulos académicos a veces flotan como salvavidas de papel, el Comité Electoral de la UMIP pretende instaurar una falacia repitiéndola con la insistencia de una brújula rota: hacernos creer que una maestría en docencia superior es indispensable para formar a la gente de mar y que suplanta a una de la especialidad, tal como señala el artículo 24, acápite 3, de la Ley 81 de 2012. Pero el mar, que es sabio y despiadado, no se deja engañar por pergaminos.
No es un secreto para la gente del mar: el Convenio Internacional sobre Normas de Formación, Titulación y Guardia para la Gente de Mar (STCW, por sus siglas en inglés), adoptado por la Organización Marítima Internacional (OMI) en 1978 y perfeccionado con las enmiendas de Manila en 2010, no exige en ninguna de sus disposiciones una maestría en docencia superior para los instructores marítimos. Su misión es clara: asegurar que la gente de mar tenga las competencias necesarias para navegar, maniobrar y sobrevivir en el implacable vaivén de las olas.
Lo que sí demanda, con la firmeza de un capitán de la vieja escuela, es que los instructores sean conocedores de la materia que imparten. No basta con recitar teorías didácticas desde un púlpito académico; hay que haber respirado la sal del mar, haber sentido en carne propia la incertidumbre de una tormenta y la responsabilidad de una guardia en alta mar.
El STCW no se pierde en formalismos innecesarios: exige que quienes forman a los oficiales de cubierta, de máquinas y al personal de radiocomunicaciones tengan experiencia real y conocimientos prácticos. Un instructor puede no haber pisado un aula de postgrado en su vida, pero si ha dominado la navegación con sextante, la reparación de motores o la reparación de los componentes eléctricos y electromecánicos en medio del Atlántico o el Pacífico, su enseñanza será más valiosa que cualquier diploma enmarcado.
¿Y qué hay de la pedagogía o la andragogía? ¿Acaso el STCW ignora la importancia de enseñar bien? No, en absoluto. Por eso impone que los instructores reciban capacitación específica en métodos de enseñanza y evaluación, como el curso de Formación de Instructores (IMO 6.09), el curso de Evaluación de Competencias (IMO 3.12) y, si trabajan con simuladores, el curso de Uso de Simuladores (IMO 6.10). Es decir, la formación pedagógica está contemplada, pero adaptada a la realidad marítima y no a la rigidez académica de la educación superior convencional.
El STCW deja claro que lo esencial no es el título, sino la competencia y la experiencia. No exige una maestría en docencia superior porque su enfoque no es formar académicos, sino marinos capaces de enfrentar los desafíos del océano. Y, sin embargo, en algunas instituciones se insiste en adornar las hojas de vida con requisitos que poco o nada tienen que ver con la realidad de la formación marítima. Es como pedirle a un viejo lobo de mar que redacte ensayos sobre didáctica mientras su barco zozobra.
La OMI no impone exigencias académicas que excedan lo estrictamente necesario para la seguridad y eficiencia de la navegación. Deja en manos de cada país la posibilidad de establecer requisitos adicionales, pero su espíritu es claro: lo que importa es la pericia en la enseñanza de la profesión marítima, no la acumulación de títulos.
Así que la próxima vez que alguien intente imponer una maestría en docencia superior como requisito ineludible para instruir a los marinos, bastará con preguntar: ¿qué pesa más en el mar, un diploma o la experiencia? Y la respuesta, como el horizonte, será inmutable.
El hecho de que el Comité Electoral haya enunciado con tanta ligereza en su respuesta a la Sala Tercera que la especialidad en educación marítima del señor Luna Barahona es esencial debido a que la OMI, a través del STCW, rige la formación marítima, es una ofensa. No solo revela un desconocimiento preocupante sobre la verdadera naturaleza del convenio, sino que también insulta la inteligencia de quienes han dedicado su vida a la enseñanza marítima sin necesidad de credenciales innecesarias. Pretender justificar una exigencia inexistente con argumentos erróneos es una muestra de la degradación del rigor académico y del desprecio por la realidad del sector marítimo.
Además, el tema de que los docentes o formadores de gente de mar tengan especialidad o maestría en educación superior no es algo que hayamos desestimado ni restado importancia. Reconocemos su valor en la educación, pero lo que estamos señalando es que el STCW no lo exige específicamente en sus términos, y tratar de mezclar esta exigencia con otras credenciales es ofensivo e irrespetuoso. Quienes argumentan lo contrario lo hacen con una falta de rigor alarmante, confundiendo normativas con exigencias que el propio STCW no respalda.
Un oficial de la marina mercante que le teme al mar y carece de experiencia en la navegación es como un periodista que no sabe escribir, un médico que no sabe curar, un abogado que desconoce las leyes, un ingeniero que no sabe construir, un maestro que no sabe enseñar, un chef que no sabe cocinar, un músico que no sabe interpretar su instrumento, un arquitecto que no sabe diseñar o un piloto que no sabe volar.
El hecho de que ese supuesto profesional se esconda en la docencia no quiere decir que lo sea, pues enseñar sin haber ejercido con verdadera experiencia es vaciar de sentido la profesión. La verdadera autoridad en cualquier disciplina proviene del conocimiento práctico, no solo de la teoría. El hecho de que ese supuesto profesional se esconda en la docencia no quiere decir que lo sea, pues enseñar sin haber ejercido con verdadera experiencia es vaciar de sentido la profesión.
*Fundador del Grupo ProDefensa UMIP*